Hasta siempre Trebol
Hace ya más de un año con gran alegría conseguimos rescatarte, habiéndole dado ya por perdido, y traerte a casa junto a tu compañera Menta.
Esa fue la primera de muchas alegrías que nos diste.
Gatazo imponente, ojos penetrantes, tamaño de pantera... mi preciosa pantera negra. Tan grande tu personalidad como tu cuerpo. Cariñoso, paciente con el peque, jugetón, gamberro, masajista de espaldas por vocación, aplasta-tripas... siempre buscando contacto, siempre dando amor y alegría.
Fuerte, con gran valentía superaste los problemas urinarios, dejándote tratar, confiando, siempre confiando. Gatazo fuerte, lo demostraste, pero por desgracia, no invencible... Y con el corazón roto, tenemos que decirte adiós. Agradecidos por todo el amor que nos has dado, por la alegría que desprendías, por las carcajadas arrancadas jugando, por compartir cama con nosotros todas estas noches, por estar siempre pegado a nosotros, como guardián, siempre velando, agradeciendo cada caricia con topaditas y amasamientos.
Te queremos mucho, Trébol. Siempre estarás en nuestro recuerdo, ocupando un lugar aún mayor del que físicamente ocupabas, mi enorme pantera negra.

Viendo el muro de mi prima Ester, se etiquetaba constantemente con perros de una ‘organización’ y pinché .De repente vi una camada de bretoncillos y yo, que hago las cosas a golpe de latido, me tiré al agua helada sin consultar y dije: “’¡¡¡Quiero una hembra!!!”.




La montaña va a Mahoma. Eso es un poco la historia de Hugo, un apamaguero que acaba de recorrer 1.500 kilómetros para encontrarse con su casa definitiva. Exactamente de Madrid a Munich (Alemania), dónde le esperaba Martha. Ella buscaba un nuevo integrante de su familia después de que el último gato con el que vivía falleciera. Buscó en las protectoras alemanas pero no encontró unos ojos que le miraran como ella necesitaba. Su hija abrió Facebook –benditas redes sociales- y allí encontró una foto de Hugo. Antes de que pudiera saber más sobre la historia de este cruce de Teckel, Martha ya gritó: ‘Ese es mi perrito’.
Y después de mes y medio –el tiempo necesario para recuperarse, complementar todas las vacunas, pruebas y demás burocracia para viajar-, Hugo recogió sus cosas y se metió en el trasportín en Barajas sin tener ni idea del cambio que iba a dar su vida. Cuando salió, le esperaba una casa con jardín, un bosque inmenso y la dulzura de Martha y su familia. Parece que Hugo es un velocista, porque se acomodó en su nueva casa en tiempo record. ¿Qué cómo lo sé? Porque yo, su casa de acogida durante este mes y medio, me aseguré de que todo fuera bien, acompañándolo a Múnich, conociendo a Martha y su familia y ayudando en la transición de Hugo. Una experiencia que me devuelve la esperanza en la buena voluntad de la gente, en la capacidad de cambiar el mundo que tenemos todas y todos y que me ha proporcionado una familia en Múnich para siempre.
